Un modelo que sabe de todo no sabe de lo tuyo
No es que la inteligencia artificial no sirva para gastronomía. Es que la que hay disponible aprendió de un promedio de todo lo que se escribió en internet, y ese promedio no es el criterio de nadie. En la práctica eso se manifiesta de cuatro maneras, y las cuatro se ven en cuanto se le pide algo concreto.
Son demasiado generales
Un modelo entrenado con todo internet sabe un poco de vino, un poco de cocina y un poco de servicio. Ese «un poco» alcanza para una conversación y no alcanza para una carta. La gastronomía no es un tema: es un oficio con criterios que se discuten, y un promedio de todas las opiniones del mundo no es ninguno de esos criterios.
Describí este Malbec para la carta.
Un vino elegante con notas de frutos rojos, taninos suaves y un final persistente. Ideal para acompañar carnes rojas.
Malbec de Gualtallary, que es altura: más tenso y con menos dulzor del que la gente espera de un Malbec. Se abre en la copa, así que conviene pedirlo temprano. Va con el ojo de bife y aguanta bien un plato con pimienta.
Sirve para cualquier Malbec, y por eso no sirve para ninguno. No dice de dónde viene, no dice qué lo diferencia del de al lado, y el maridaje es el que se le pone a todos.
No tienen personalidad
Cada local tiene una voz. Una parrilla de esquina no habla como un restaurante de mantel, y ninguno de los dos habla como un manual. Los modelos generales tienen una sola voz, amable y sin bordes, y la aplican a todo. El resultado es un texto que nadie escribiría y que el cliente reconoce al instante como automático.
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Es la respuesta que da todo el mundo, y por eso no dice nada. Un encargado con oficio contesta más corto, se hace cargo de algo puntual y no promete lo que no puede cumplir.
Se equivocan, y suenan igual de seguros
Este es el problema serio. Un modelo general se equivoca de añada, inventa un premio, traduce mal un corte o recomienda un maridaje que no funciona, y lo hace con exactamente el mismo tono con el que acierta. En una carta impresa, ese error queda. En una respuesta a un cliente, ese error se manda. Nadie que lea el texto tiene cómo saber cuál de las dos cosas está leyendo.
¿Qué corte es el vacío en inglés?
El vacío se conoce en inglés como flank steak.
No lo es. El flank steak es otro corte, con otra fibra y otra cocción. La respuesta es fluida, está bien escrita y está mal, y el modelo no da ninguna señal de la diferencia.
No conocen el contexto local
Casi todo lo que un modelo general sabe de gastronomía lo aprendió en inglés. Los cortes, las medidas, las costumbres de mesa, los horarios, lo que se pide y cómo se pide: nada de eso se traduce. Un modelo que no sabe que acá se cena a las diez tampoco sabe qué recomendar a las siete.
Sugerí un menú de mediodía para un bodegón.
Entrada de bruschetta, plato principal de salmón grillado con quinoa y postre de cheesecake de frutos del bosque.
Es un menú de otro país. Un bodegón al mediodía tiene otro público, otro ticket y otro plato, y eso no se arregla pidiéndole al modelo que sea «más argentino» en el prompt.
Ninguna de las cuatro se arregla con un prompt mejor
Es la objeción razonable: si el modelo escribe genérico, pedile que no escriba genérico. Lo probamos, con cuatro maîtres, sobre 1.200 respuestas a reseñas reales. Pedirle calidez cambia los adjetivos y no cambia ninguna de las decisiones que importan: sigue escribiendo de más, sigue prometiendo lo que la cocina no puede cumplir y sigue contestando todo, incluso lo que no se contesta en público.
El prompt puede pedir un resultado. No puede aportar el criterio que el modelo no tiene. Y el criterio, en este oficio, no está escrito en ningún lado: está en la cabeza de gente que trabaja de esto y que nunca lo publicó, porque no se publica. Se aprende en el salón.
Por eso la Foundation no es un equipo de prompting. Es un grupo de personas que corrigen, escriben y evalúan, y cuyo trabajo queda atado a su nombre. La única manera de que un modelo sepa lo que sabe un sommelier es que un sommelier se lo enseñe.